Un futuro para los vascos


Los Estados que conocemos en la actualidad, fueron creados durante el siglo XIX, con alguna excepción como Inglaterra, luego el Reino Unido, que contenía una forma de Estado como la entendemos hoy desde finales del siglo XVII. Alemania 1871, España 1841, Italia 1871, Bélgica 1830 son algunos ejemplos. Su creación, que fue producto de la aparición del nacionalismo como movimiento social, organizó un nuevo mapa político europeo. En ese proceso, muchas de las naciones europeas históricas y dotadas de todos los elementos característicos de la definición tradicional de la nación, fueron absorbidas como partes indivisibles de un todo, que se consideraba único y prevalente. Los vascos no fuimos una excepción. Junto a un buen número de naciones europeas acabamos habitando una habitación interior, auxiliar, del gran hotel europeo. Una habitación sin número, de la que para salir debemos a la fuerza pasar por otra. Una habitación que solo existe como parte de otra, llamada España. Es aquel lugar, donde los derechos colectivos, aquellos que solo son realizables en una colectividad, como representar en un Estado tu concepción nacional, no existen.


El nacionalismo basó su éxito, en la sustitución de las identidades colectivas religiosas y lealistas, propias de toda la edad media y los siglos XVI a XVIII, por otras nuevas. Siendo creadas estas, en la necesidad de formular conceptos de legitimación política más complejos, pero más asimilables y transversales a la sociedad. Y en ese afán legitimista los ingenieros de la nueva identidad inventaron, reescribieron y tergiversaron la historia, adueñándose de ella para dibujar una continuidad en el tiempo. Es la forma más fácil de legitimar el hecho político creado. Esto perdura hasta hoy en día, ya que solo así es explicable, ver una réplica de la nave de Juan Sebastián Elcano del siglo XVI, con una gran bandera de España, símbolo del Estado español de mediados del siglo XIX. Quizá este 2019 hayas oído o leído unas cuantas veces eso de que “España tiene 500 años”. Hace exactamente 500 años, en 1519, ocurría que un rey de un buen número de reinos y territorios, Carlos V, entraba en Barcelona. No como rey de España, ni siquiera existía tal título. Lo hacía para que las cortes catalanas dirimiesen, de forma soberana, si era aceptado como rey y aprobasen entregar un donativo de 300.000 libras. Algo muy parecido a lo que había ocurrido el año anterior en Aragón y que permitió a este monarca agregar a sus títulos el de Rey de Aragón. El título de rey de Navarra ya fue tomado por las armas por su antecesor Fernando el Católico, 6 años antes. Carlos V, jamás fue rey de España, ni ostentó tal título, ni existía. Los reinos peninsulares no compartían ni la moneda, y un aragonés era tan extranjero en la legislación castellana como un sardo o un romano.

Sin distraernos en la importancia del rigor histórico, en la Europa del siglo XXI vivimos este particular mapa político creado durante el siglo XIX y parte del XX. Vivimos además realidades políticas como la Unión Europea. Una forma de cesión de soberanía entre Estados con el fin de crear un espacio de legalidades y derechos comunes. El espacio europeo se construye en la definición de ser, en el tiempo, un sustituto natural de la soberanía de los Estados. Si bien parece que, a pesar de los esfuerzos de europeístas convencidos en muchos gobiernos europeos, no termina de arrancar como tal. Tras su establecimiento como un marco comercial ideal, que incorpora la libertad de movimientos de los trabajadores y una moneda única, los ciudadanos europeos no tienen nada más en común, ni una simple y básica fiscalidad, ni apenas un cuerpo de derechos, ni una forma de gobierno, ni de relación de estos con los ciudadanos.
Ha habido dos hechos que han supuesto un gran desanimo en los valedores de la construcción europea. La respuesta al problema catalán y el Brexit. En la respuesta al problema catalán, internacionalizado a raíz de las desagradables cargas policiales del 1 de octubre, la Unión Europea ha ponderado el derecho político del Estado miembro sobre el derecho colectivo de los ciudadanos. Lo ha hecho de forma demasiado parcial y clara. Era sin duda el momento de que Europa ponderará a sus ciudadanos sobre sus Estados. Un momento crucial de la Unión Europea para tomar un papel conciliador, mediador y de árbitro. Una ventana de esperanza para las personas en su relación con el poder del Estado y el poder europeo. No ha sido así. El Brexit ha supuesto otro terrible desencanto. Ha dejado claro que la Unión Europea no consigue pasar de ser un club de Estados. Comensales de una mesa redonda que se cabrean y se van, y carece, por el momento, de la más mínima capacidad de autocrítica y restructuración.

La Unión Europea tiene grandes dificultades para avanzar, pero la más grande de todas la representa los propios Estados que la forman. No puede haber una Europa de ciudadanos mientras los Estados sometan a los mismos a políticas personalistas o se produzcan vetos caprichosos a políticas económicas o mercantiles por intereses locales. Europa es además un lugar de una gran ambigüedad. Los Estados los son todo y las personas nada. Un Estado miembro puede hacer casi todo con respecto a sus ciudadanos y sobre todo sus minorías, sin que la Unión Europea pueda ejercer ningún control. El famoso «Respeto al Estado miembro» es un cheque en blanco, que puede ser negro para el ciudadano europeo. Es más, un ciudadano puede ser libre en toda la Unión Europea menos en un Estado que tenga a capricho coartar la libertad de ese ciudadano. Los derechos crecen y decrecen en viajes en vehículo de 20 minutos e incluso algo tan básico como el derecho a comunicarte con una administración en tu lengua, es solo derecho según donde pises. En la Europa de los Estados, el idioma estonio con menos de un millón de hablantes es oficial, al igual que el idioma irlandés con menos de medio millón. ¿Y.… el euskera o el catalán? No, no lo son. ¿Si en la Unión Europea solo existes si eres un Estado, como vas a renunciar a la idea de serlo?

Solo hay una Europa posible y es la de las eurorregiones. Definámoslas como aquellas entidades políticas que dentro de la Unión Europea dispongan de capacidades legislativas sobre un buen número de decisiones que afecten a sus ciudadanos. Estando estas capacidades íntimamente ligadas a la cultura propia y la tradición social y económica incluyendo los tribunales propios y el derecho aplicable en causas civiles y no criminales. Eurorregiones que además representan y engloban una cultura determinada. Entidades con una forma de soberanía propia, pero no ejercida en exclusiva y que desde luego no ostentan las capacidades de veto de un Estado actual. En términos contables podríamos decir que una eurorregión debería tener mucho más poder que una Comunidad Autónoma y menos que un Estado. Y claramente debería tener una dimensión demográfica y geográfica mucho menor a la de un Estado como Alemania, Francia o España. Podríamos entender que en el actual Estado español caben 5 o 6 eurorregiones, al igual que en Francia, Italia o Alemania. Las eurorregiones representarían el mapa político que el nacionalismo del siglo XIX no dejó dibujar. Serían una construcción natural, cultural y antropológica, dentro de un orden artificial, la Unión Europea, necesario para el progreso social en un mundo globalizado. No debemos confundir este elemento posibilitador de una Unión Europea futura, con las actuales eurorregiones para la colaboración transfronteriza.

Los vascos necesitamos redefinir en nuestro saber social nuestra propia definición. Lo vasco, ¿Qué es? Si queremos abordar la definición tradicional creada por terceros en un ideal falso e interesado, no haremos sino dividirnos y debilitarnos. Lo vasco, es un concepto social y antropológico que pervive en diversas formas en los territorios habitados por los vascos desde tiempos muy remotos. En todos ellos se respira un continuum cultural que nunca en la historia, por lo menos desde el siglo II a. C., ha sido únicamente vasco. Sino que ha sido una realidad antropológica que ha desarrollado versiones mejores de sí mismo en la mezcla con otras culturas y pueblos. No es un concepto cuantificable ni calificable. No hay mejores vascos, ni gente más vasca que otra. Hay gente que disfruta elementos que podríamos considerar Euskaros y más antiguos como un Aurresku, un Irrintzi o el propio idioma vasco, pero no son más o mejores vascos que la Jota, la Pelota o el idioma Gascón. Somos los propios vascos los que hemos desarrollado todos estos elementos culturales. El idioma Gascón no es un invento de los romanos, sino la forma en la que los vascos hablaban el latín. Nuestro futuro pasa inexorablemente por construir ideas que configuren una identidad vasca heterogénea, pero fuerte. La identidad social vasca no puede estar construida alrededor del origen, la lengua o la cantidad de cultura vasca que conocemos o apreciamos. La identidad vasca debe crecer alrededor de una fuerte determinación de la pertenencia social, de una cercanía a un modo de pensamiento y comportamiento determinado. Una identidad social que es el cimiento de la natural confirmación, de un futuro espacio político común para los vascos. De personas que más que coincidir en lo que son, coinciden en lo que no son.

Existen en nuestra tradición hechos políticos y sociales en los que los vascos también desplegamos una gran diversidad, las mismas Bizkaia, Navarra, Álava, Gipuzkoa y la Rioja, por no hablar del “Pays Basque”, son en su interior tan diversas como lo son entre ellas, y comparten todas ellas un fuerte componente identitario en base a su territorialidad y pasado. Fueron las creaciones políticas que dieron cobijo a las tradiciones sociales convertidas en leyes (fueros), y siguen aquí como forma de organización de la diversidad de lo vasco. Pero si echamos la vista atrás, si observamos nuestro pasado con la mirada inteligente y la sabiduría de ese joven anciano, que es el pueblo vasco. Cuantas desgracias, desavenencias y oportunidades perdidas hay, en la ausencia de mirar nuestro futuro, conscientes de cuanto perdemos separados y cuanto podemos crear juntos. Los vascos no debemos nunca obviar nuestras territorialidades. Ser ellas sujetos de derecho y elementos soberanos en los que se decida, por libre adhesión, la forma de un proyecto común. Pero lo que no pueden ser es utilizadas nunca como forma de negación y de oposición, “No soy vasco porque soy Navarro”. Hay una forma de ser vasco en la navarridad de un tudelano tan legítima como en la vizcaindad de un bermeotarra. Si los Estados que nos rodean y que queremos llegar a ser, son heterogéneos y diversos porque nosotros deberíamos ser homogéneos.

Por tanto, nuestro futuro pasa por alzar la vista, y mirar de frente la inmensidad de lo que nos rodea. Somos alrededor de tres millones de personas en un mundo de 7.000 millones. Debemos coincidir en que podemos caber todos, en una definición de lo vasco que todos podemos asumir. Los últimos 200 años han convertido algo natural y normal como el sentimiento vasco, presente desde las montañas de Navarra a los llanos de Álava y las faldas de la sierra de la Demanda en La Rioja, en algo viciado y concreto, ausente de la universalidad que nuestro propio desempeño en la historia obliga. Es el momento de afrontar con determinación que nuestro mejor futuro, y el de nuestros hijos, pasará por constituirnos en una entidad política que nos de espacio y visibilidad en el mapa europeo. Sea, aunque improbable, en la forma de un Estado tradicional de pleno derecho o como una soberana eurorregión dentro de lo que será la evolución natural de la Unión Europea. El mundo se ha hecho pequeño, pero muy grande, la Unión Europea está obligada a hacer profundos cambios en su organización política o fracasará. Quizá no podamos jamás ser un Estado al uso. Quizá ya los Estados son ideas caducas. Podemos reunir, en un futuro no muy lejano, todos los elementos de Estado en una eurorregión creada desde la determinación de ser un pueblo unido en la riqueza de su diversidad. No seremos un imperio, ni falta que nos hace. Pero podemos fundar un imperio de las personas y maravillar al mundo como predijo Shakespeare sobre Navarra o aprecio John Adams en Bizkaia.
Borja Irizar Acillona
@birizara


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