Una historia y un futuro del vasquismo


La sociedad vasca tardó casi un siglo, desde las primeras muestras de liberalismo ya antes de la primera Constitución de 1812, en desarrollar el caldo de cultivo necesario para dar espacio al nacionalismo vasco. Las ideas de Sabino Arana no salieron de la nada, de una noche de preocupaciones, de pensamientos solitarios, para ser desarrolladas tenía que existir en la sociedad vasca de la época desde Sangüesa a Zalla, en su sabiduría popular, verdades compartidas que como ingredientes de una receta esperaban la mano que las diese forma. Sabino Arana no fue el primero en pensar que los vascos debíamos ser una nación soberana e independiente, antes de él estas ideas descansaron en otros individuos pero no se había creado aún en nuestra sociedad la suficiente desazón y desafecto para tomar cuerpo.

Ya en el siglo XVIII, Aita Larramendi, autor de la primera gramática del Euskera escribía en 1756 en su libro “Sobre los fueros”:

“¿Qué razón hay para que la nación vascongada, la primitiva pobladora de España… esta nación privilegiada y del más noble origen, no sea nación aparte, nación de por sí, nación exenta e independiente de las demás?”.

A mediados del siglo XIX, Agusti Xaho de Zuberoa escribía:

“La independencia vasca se justifica por: la geografía; una frontera artificial divide la unidad natural del pueblo vasco; la lengua, que tendrá que enseñarse, la historia, en la cual los vascos han desempeñado un papel glorioso hasta la llegada de los Bárbaros; el derecho, los fueros, que garantizan la verdadera libertad y la verdadera igualdad, contra el falso liberalismo que lleva al despotismo […].”

Pero en unos territorios forales y un reino de Navarra con sus libertades aún intactas en los primeros años del siglo XIX no se había creado entre los vascos la conciencia de que peligroso y fatal para nuestros intereses era un nacionalismo español que empezaba a tomar forma, no producto de la grandeza nacional, sino de la humillación constante, primero de mano de la ocupación francesa y después de la mano de la independencia de las colonias americanas. Un nacionalismo español que creció en el miedo a dejar de ser y para ello convirtió la natural diversidad de los distintos territorios españoles en fuente de preocupación y origen de sus males. La riqueza lingüística y política fue convertida en amenaza.

Hubo de concurrir una gran desazón durante años para el desarrollo del primer nacionalismo vasco, generaciones, durante las cuales familias enteras relataban, desde los abuelos a los nietos, todo el terreno cedido en nombre de una nueva cosa que se hacía llamar Estado español, el sufrimiento, el nuevo supremacismo lingüístico castellano, 3 guerras por los fueros, llamadas Carlistas, la disolución de todo un sistema de libertades desde los tribunales forales de Bizkaia o Navarra hasta el pase foral, las levas, la imposición de nuevos modelos políticos y la disolución del reino de Navarra con cerca de 1000 años de historia, pero también un agresivo  desprecio por nuestra cultura y el arrinconamiento de nuestra lengua, todo ello en un espacio de tiempo durante el cual la sociedad en Bizkaia, Álava, Gipuzkoa y Navarra, en su sabiduría popular, había formado verdades colectivas fundamentales que el nacionalismo supo dar forma y aún hasta hoy nos acompañan.

Son ideas que han viajado con nosotros en el tiempo y que por imperativo de las corrientes sociales globales y su poder coercitivo se han adaptado a discursos más modernos y cómodos a los tiempos, se han abandonado posiciones que en los inicios del siglo XIX eran del todo normales y que hoy no entendemos, por otras propias de nuestra época, pero sin cambiar la sustancia, un proyecto de la sociedad vasca para la sociedad vasca, para la recuperación de los bienes sociales compartidos que son nuestras propias libertades, y para dotar a las mismas de un Estado bajo el que tengan  cobijo, en la tutela de nuestra propia soberanía.

El problema es que la sustancia necesita de ideas y como casi todo, estas tienen fecha de caducidad y por mucho que las adaptemos no sabemos cuál será la generación que deje de tener interés por ellas. Hoy nos enfrentamos a retos inesperados hace solo 40 años, retos como Europa o la inmigración, que requieren de nuevos articulados. Creemos que los hijos de los hijos de nuestros hijos tendrán la misma preocupación por tener un Estado que nosotros, pero quizá no, quizá nuestras ansiedades y necesidades simplemente les parezcan ideas caducas del pasado, quizá tampoco tengan interés alguno en la lengua vasca, quizá por propia economía mental rechacen cualquier otro idioma que no sea el inglés. Hoy ya es palpable que las ideas relativas a las naciones y a los Estados entre los jóvenes no tienen el mismo pulso que hace tan solo 30-40 años. ¿Y qué discurso activará a estos jóvenes y a sus hijos?

¿Cuáles son las dificultades que el vasquismo, entendido como el apego a una serie de ideas y defensa de valores vascos políticos y culturales, tiene para alcanzar el corazón de la nueva población inmigrante de primera y segunda generación? ¿Cómo podría el vasquismo constituir un verdadero mínimo común denominador sobre el que de forma irrenunciable todos los nacidos aquí y los inmigrantes tras periodos razonables de tiempo, encuentren una base estable sobre la que construir una identidad nacional que no esté basada en su origen, ni requiere de circunstancias familiares, étnicas o económicas? ¿Como un Parisino o un Zaragozano tras 15 años entre nosotros puede simplemente “foralizarse” hasta el punto de que haga una encendida defensa de los valores sociales vascos, de sus fueros y de la lengua vasca? ¿Cómo se rompen los techos forjados en acero de una identidad que tiene unos fuertes lazos con el origen, con la familia y con la lengua, para ensanchar la base social de modo que lo que hoy son nuestras reclamaciones, sean el mínimo común de cualquier miembro de esta sociedad?¿Cómo conseguimos erradicar de la sociedad esa creencia de los vasco como algo basado y atado al origen personal de cada individuo y heredado y no la pertenencia a una sociedad en la que compartimos valores y bienes sociales comunes?

Lo más cómodo para los sucesivos gobiernos españoles ha sido la desocialización de lo vasco y la existencia de la confrontación de lo étnico con la realidad social y para ello sus medios apoyan la creación y sustento de los mitos que sean necesarios. Constantemente se enfrenta a la sociedad a dividirla, a recordarle su origen como medio de mantener un apego obligado a sus orígenes, con artículos tan poco científicos como el porcentaje de dos apellidos vascos por municipio que hay en Euskadi o el origen científico de los vascos, de modo que tengamos dificultades para concretar la forma de lo vasco en algo que realmente oposita a lo español. ¿Se imaginan a la prensa madrileña haciendo estudios tan estúpidos como estos sobre los españoles?

El vasquismo, el nacionalismo vasco, debe socializarse como única forma de dar respuesta a las grandes incógnitas de nuestro futuro. Debe ser un estatus alcanzable por quien en origen no tiene conexión alguna con lo vasco sino únicamente su pertenencia a esta sociedad, a vivir bajo nuestras libertades (y las que nos debe el Estado español) y a pelear por mantenerlas y ensancharlas. Porque el vasquismo no debe querer crear una nación, ya somos una nación, debe querer crear elementos de Estado, porque todo lo que tenemos de autogobierno y todo los que nos deben devolver, son el sustento del modelo de vida de esta sociedad, y si no peleamos por ello, todo, todo ello estará pendiente del chasquido de dedos malhumorado de cualquier presidente del gobierno de España abonado a estas nuevas tesis del recentralismo.

Tenemos la  tremenda labor de contarnos a nosotros mismos que somos una sociedad de iguales que camina junta en el tránsito de la recuperación de las libertades y la foralidad unidos en la riqueza de nuestra diversidad. Podemos hacerlo y eso empieza, por creer de verdad, que esta definición que acabas de leer es lo que somos.

Borja Irizar Acillona


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